Archive for November, 2011

Incredibly cool:

 

TED talk about economic inequality VS other social indicators of quality of life:

interesting conclusion:

“If Amercans want to live the american dream  they should move to Denmark”

The lulz…

Posted: 09/11/2011 in Un poco de todo

The lulz (a corruption of LOL, online shorthand for laugh out loud) is the most important and abstract thing to understand about Anonymous, and perhaps the internet itself. The lulz is laughing instead of screaming. It’s a laughter of embarrassment and separation. It’s schadenfreude. It’s not the anesthetic humor that makes days go by easier, it’s humor that heightens contradictions. The lulz is laughter with pain in it. It forces you to consider injustice and hypocrisy, whichever side of it you are on in that moment.
In the culture of Anonymous, the lulz is the reason for doing. Anonymous wasn’t made for easy times; the trickster sleeps when all is well.

Wired

Skinemax

Posted: 08/11/2011 in Un poco de todo

Skinemax is Koyaanisqatsi for a generation raised on late night television and B-movie VHS tapes


also:

Koyaanisqatsi

 


Thirteen Observations made by Lemony Snicket while watching Occupy Wall Street from a Discreet Distance 

1. If you work hard, and become successful, it does not necessarily mean you are successful because you worked hard, just as if you are tall with long hair it doesn’t mean you would be a midget if you were bald.

2. “Fortune” is a word for having a lot of money and for having a lot of luck, but that does not mean the word has two definitions.

3. Money is like a child—rarely unaccompanied. When it disappears, look to those who were supposed to be keeping an eye on it while you were at the grocery store. You might also look for someone who has a lot of extra children sitting around, with long, suspicious explanations for how they got there.

4. People who say money doesn’t matter are like people who say cake doesn’t matter—it’s probably because they’ve already had a few slices.

5. There may not be a reason to share your cake. It is, after all, yours. You probably baked it yourself, in an oven of your own construction with ingredients you harvested yourself. It may be possible to keep your entire cake while explaining to any nearby hungry people just how reasonable you are.

6. Nobody wants to fall into a safety net, because it means the structure in which they’ve been living is in a state of collapse and they have no choice but to tumble downwards. However, it beats the alternative.

7. Someone feeling wronged is like someone feeling thirsty. Don’t tell them they aren’t. Sit with them and have a drink.

8. Don’t ask yourself if something is fair. Ask someone else—a stranger in the street, for example.

9. People gathering in the streets feeling wronged tend to be loud, as it is difficult to make oneself heard on the other side of an impressive edifice.

10. It is not always the job of people shouting outside impressive buildings to solve problems. It is often the job of the people inside, who have paper, pens, desks, and an impressive view.

11. Historically, a story about people inside impressive buildings ignoring or even taunting people standing outside shouting at them turns out to be a story with an unhappy ending.

12. If you have a large crowd shouting outside your building, there might not be room for a safety net if you’re the one tumbling down when it collapses.

13. 99 percent is a very large percentage. For instance, easily 99 percent of people want a roof over their heads, food on their tables, and the occasional slice of cake for dessert. Surely an arrangement can be made with that niggling 1 percent who disagree.

 

by Lemony Snicket


Eso es una curva exponencial como una casa… y Malthus no puede andar mucho mas lejos de 2040-50…
Anyways la web de la imagen te daja explorar cual es tu numero estimado de ser humano.

 

y buenas ideas…

Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.

Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza.

No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.

Tambien: sal con una chica que lee